Pensar y meditar no
son lo mismo: pensar suele ser un proceso caótico, lleno de juicios y
asociaciones incontroladas, mientras que meditar implica observar ese flujo
mental con distancia, como un testigo. La clave está en la actitud: pensar es
dejarse llevar por las olas de la mente; meditar es mirarlas sin hundirse en
ellas. Esta capacidad de observación fortalece la concentración profunda,
condición esencial para enfrentar decisiones complejas y generar ideas
originales, integrando todas las partes de la mente con paciencia y atención
plena.
El entorno y el
momento también influyen. Espacios tranquilos y momentos como el amanecer o el
atardecer facilitan la claridad mental. Practicar la metacognición, pensar
sobre cómo pensamos, crear modelos mentales y nutrirse de la historia amplían
nuestras influencias en el tiempo y el espacio. Así se cultiva una mente
resolutiva, capaz de comprender perspectivas distintas y tomar decisiones más
profundas, conscientes y responsables.
LOS TRES REYES
Guiados fielmente
por la estrella —cuyo criterio jamás fue puesto en duda— arribaron a Bobotá,
donde dieron con el niño Poder, modestamente custodiado por una pareja del
pueblo, gente sencilla y, por ello mismo, perfectamente prescindible en los
anales oficiales. Conmovidos hasta el oportunismo, los sabiondos procedieron a
asegurar para sí los regalos que parientes y amigos habían depositado junto al
recién nacido, convencidos de que nada honraba más a un acontecimiento
histórico que una temprana redistribución de bienes.
Concluido el
llamado Acto Histórico, los tres regresaron a sus dominios, satisfechos de
haber obedecido a los cielos y, de paso, a sus propios intereses. Antes de
separarse, llevaron a cabo el reparto del botín con escrupulosa equidad: a
Caspar, apodado el Zurdo por razones nunca aclaradas, pero siempre sospechadas,
le fue adjudicado el incienso; a Malchor, ya con un pie fuera del trono y otro
en la posteridad, se le entregó la mirra para inhalaciones reflexivas; y al más
astuto de los tres —casualmente depositario de los secretos ajenos— se le
confió el oro, en reconocimiento a su silenciosa lealtad.
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Lo interesante no es solo el poder que Barreto ejerce, sino cómo ha sido naturalizado. Incluso entre quienes lo critican, hay una aceptación implícita: “al menos con él se hacen obras”, “todos los políticos son iguales”. Este Žižek recuerda la fábula de Andersen: el rey desfila desnudo y todos fingen admirar su traje invisible, hasta que alguien grita lo obvio: “¡El rey está desnudo!”. “Todo el mundo sabe que el rey está desnudo, pero actúan como si no lo estuviera. El edificio ideológico funciona aunque ya nadie crea en él”. Para Žižek, ese momento es clave: no se trata de revelar algo oculto, sino de romper el pacto de silencio que sostenía la ficción del poder. No es que la gente no sepa; es que actúan como si no supieran.
Así funciona la política en el Tolima.
Todos saben o al menos sospechan que el barretismo opera como una maquinaria que reparte contratos, ubica fichas en cargos estratégicos, define candidaturas locales y pone al servicio del poder público los intereses privados.
En regiones como el Tolima, donde la política se vive con intensidad casi tribal, los rumores personales sobre la vida íntima, afectiva o sexual de los líderes circulan como moneda corriente. En el caso de Barreto, esas insinuaciones han estado presentes, pero pocas veces son analizadas con seriedad.
¿A quién sirven estos rumores?
Žižek advertiría que los escándalos personales pueden ser funcionales al sistema: permiten que la indignación pública se consuma en lo anecdótico, sin tocar el núcleo del problema. Así, en vez de cuestionar cómo se manipula el aparato institucional, el debate se reduce a chismes sobre lo privado. Es más fácil comentar de un político por su vida íntima que confrontar las prácticas que sostienen su poder.
Además, esos rumores cumplen una función ambigua: a veces lo debilitan simbólicamente, pero también desvinculan a la ciudadanía de su responsabilidad política. Se vuelve un espectáculo, no un acto de conciencia.
El verdadero debate está en cómo Barreto ha construido una hegemonía regional que domina elecciones, cooptó instituciones y desdibujó los límites entre lo público y lo privado. Hablar de su sexualidad es irrelevante mientras no tenga impacto directo y verificable sobre sus decisiones públicas. Insistir en ese frente es, paradójicamente, una forma de proteger el núcleo real del poder.
Decir que “el rey está desnudo” en el Tolima es reconocer que la ideología tolimense no consiste en negar la corrupción, sino en mantenerla como una excepción, un desvío momentáneo del orden. Mientras todos actúen como si las elecciones fueran limpias, como si el sistema judicial fuera neutral, la ideología funciona. No es que no sepamos la verdad. Es que saberla no basta. El verdadero desafío es atreverse a actuar como si importara.
Barreto no domina solo con votos o favores, sino mediante una fantasía compartida: Que el centraliza la totalidad del poder político en el departamento. Esa fantasía estructura la realidad política, y quienes la comparten no necesitan creerla totalmente, solo actuar como si fuera verdad.
Romper este momento. Requiere más que denuncias: requiere nombrar lo innombrable y asumir el riesgo de quedar fuera del juego. Pero como en la fábula, a veces basta con que alguien lo diga en voz alta para que la ilusión empiece a romperse.
El rey está desnudo. Y en el Tolima, ya es hora de dejar de fingir que no lo vemos.



